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La calle es infinita, la calle es invisible.

Lo es. Les oímos y también les tememos mucho tiempo antes de que se crucen en nuestro camino. Están en el último peldaño que conduce a una terrible y definitiva locura de donde creemos que ya jamás se regresa. Son hombres y mujeres en el último eslabón de la cadena de un adiós, de una despedida en forma de indigencia. Sus ojos vidriosos y alucinados nos causan pavor. Sus gritos y espavientos nos amedrentan haciéndonos temer una agresión física. El lenguaje soez, blasfemo, ininteligible que arrojan es el heraldo de su derrota definitiva. Seres hundidos en miseria y en degradación, cuyas almas perdidas van pregonando el suicidio social al que se han visto sometidos y al que sin duda, todos nosotros hemos contribuido.

¿Llegaremos cualquiera de nosotros a ese extremo algún día? El día de la embriaguez permanente, donde el alcohol ya no es suficiente y se necesita una completa inmersión en la borrachera constante y desgarradora para de una maldita vez, intentar conseguir cicatrizar las heridas que han sido abiertas por nosotros mismos. Los que no tienen la capacidad de adaptarse, porque así lo perciben, caminan lentamente, a ratos indiferentes, otras veces súbitamente contentos, sintiendo que nunca serán testigos de cómo se pierden los últimos lazos de calor humano. Desertores de los otros, a veces huyendo dolorosamente de amores o situaciones imposibles, acarrean los ecos de reproches para esparcirlos junto a las cenizas de lo que fue su última propia parodia, para continuar su camino errantes sin un lecho donde dejarse caer, negándose desesperadamente a aceptar la más terrible de todas las perdidas: la resignación.

No somos conscientes de la humillación que infringimos con nuestra ignorancia, convirtiendo a seres de carne y hueso en invisibles. Ni una negativa verbal, ni un gesto disuasorio, ni una mirada. Lee el resto de esta entrada

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