La calle es infinita, la calle es invisible.

Lo es. Les oímos y también les tememos mucho tiempo antes de que se crucen en nuestro camino. Están en el último peldaño que conduce a una terrible y definitiva locura de donde creemos que ya jamás se regresa. Son hombres y mujeres en el último eslabón de la cadena de un adiós, de una despedida en forma de indigencia. Sus ojos vidriosos y alucinados nos causan pavor. Sus gritos y espavientos nos amedrentan haciéndonos temer una agresión física. El lenguaje soez, blasfemo, ininteligible que arrojan es el heraldo de su derrota definitiva. Seres hundidos en miseria y en degradación, cuyas almas perdidas van pregonando el suicidio social al que se han visto sometidos y al que sin duda, todos nosotros hemos contribuido.

¿Llegaremos cualquiera de nosotros a ese extremo algún día? El día de la embriaguez permanente, donde el alcohol ya no es suficiente y se necesita una completa inmersión en la borrachera constante y desgarradora para de una maldita vez, intentar conseguir cicatrizar las heridas que han sido abiertas por nosotros mismos. Los que no tienen la capacidad de adaptarse, porque así lo perciben, caminan lentamente, a ratos indiferentes, otras veces súbitamente contentos, sintiendo que nunca serán testigos de cómo se pierden los últimos lazos de calor humano. Desertores de los otros, a veces huyendo dolorosamente de amores o situaciones imposibles, acarrean los ecos de reproches para esparcirlos junto a las cenizas de lo que fue su última propia parodia, para continuar su camino errantes sin un lecho donde dejarse caer, negándose desesperadamente a aceptar la más terrible de todas las perdidas: la resignación.

No somos conscientes de la humillación que infringimos con nuestra ignorancia, convirtiendo a seres de carne y hueso en invisibles. Ni una negativa verbal, ni un gesto disuasorio, ni una mirada. Nada. Para nosotros, inexistentes, negándoles lo único ya que les queda, y es el reconocimiento de su propia existencia. Nuestra insultante indiferencia solo sirve para eso precisamente, para faltarles al respeto, para recordarles que ya están olvidados. Son la viva imagen de un títere desencajado; un personaje absurdo y anacrónico al que observamos con miedo, hostilidad y reproche. Sus palabras, si las oyéramos, nos manifestarían con una evidencia brutal el lento y doloroso alejamiento de nuestra propia alma.

Es Miquel Fuster y su vida las que escriben por mí. Una persona que lo tenía todo y que lo perdió todo. Un hombre que vivió 15 años en la calle y que pudo salir de ella gracias al trabajo de la Fundació Arrels y que cuya historia no es muy diferente a la que están viviendo miles de personas en nuestro país y a la que podríamos enfrentarnos cualquiera de nosotros. Una situación que suplica de comprensión y que Miquel narra de forma valiente y prodigiosa en su fabulosa obra “Miguel Fuster: 15 años en la calle” que ha tenido la suerte de cruzarse en mi camino y que volveré a releer en cuanto pueda. Quién le iba a decir a este dibujante de éxito que iba a terminar siendo protagonista de su propio cómic, que él mismo describe como “un cómic desgarrador porque nos cuenta historias que suceden al lado de nuestra casa y a las que no prestamos mayor interés, porque preferimos mirar a otro lado.

P.D: Este post llevaba mucho tiempo rondándome por la cabeza pero no he querido hacerlo coincidir con la Navidad. No. Una época del año donde estamos obligados a ser solidarios y acordarnos de los que no tienen nada me parece una bofetada con la mano abierta a los valores y al sentido común. Creo en las personas, y no lo hago porque me lo haya dicho El Corte Inglés, creo en las personas porque son las personas las que han forjado un sistema imperfecto y son las personas las que serán capaces de modificarlo.

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Publicado el 25 marzo, 2012 en EL DISCO DURO, VIVIR ES UN CÓMIC y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Hermoso y desgarrador texto

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